Réquiem por un amigo ejemplar

Ángel Guillermo Ruiz Moreno1

 

 

La tarde del jueves 6 de Marzo de 2003, mientras trabajaba en su despacho jurídico ubicado en la ciudad de San Juan, Puerto Rico, la muerte sorprendió al infatigable luchador de las causas de los obreros iberoamericanos, Don Osvaldino Rojas Lugo.

Le sobrevino un infarto al miocardio cuando atendía a unos trabajadores y quienes trató siempre no como a clientes, sino como a verdaderos amigos; créase o no, jamás defendió a ningún empleador, hecho que constituía en su filosofía de vida un verdadero timbre de orgullo. Don Osvaldino Rojas Lugo se fue de este mundo como los soldados que libran batallas trascendentes y ofrendan su vida por la Patria: “con las botas puestas,” revisando la Conferencia Magistral que presentaría en la XLIII Asamblea Nacional de la Academia Mexicana del Derecho del Trabajo y de la Previsión Social, programada para los días 14 a 16 de Abril de 2003 en la ciudad de Villahermosa, Tabasco, invitado ex profeso por el presidente de dicha Academia, Lic. Guillermo Hori Robaina, un buen amigo común.

Tan sólo un par de días antes de su sentido deceso charlábamos telefónicamente sobre la compleja organización del III Congreso Internacional de la Asociación Iberoamericana de Juristas del Derecho del Trabajo y de la Seguridad Social ‘Dr. Guillermo Cabanellas’, cuya celebración fue programada del 20 al 22 de Noviembre de 2003 en la ciudad de Guadalajara, Jalisco.

Osval,” como le llamaban sus amigos íntimos, nos concedió el enorme privilegio de que mi ciudad natal fuese la sede del Congreso, contando con la valiosa ayuda del Lic. Roberto Rubio Uribe, de la Universidad Autónoma de Chihuahua y compañero de Academia. Como nos dispensaba su amistad y él mismo nos servía de inspiración, se hallaba confiado de que el evento sería un éxito y, para entrevistarse directamente con las autoridades locales y municipales, así como los líderes de las organizaciones obreras y patronales —al igual que con el Rector General de la Universidad de Guadalajara, a quien conoció cuando éste ocupaba la Secretaría General—, viajaría a principios del mes de Abril de este año 2003, con el único propósito de efectuar, de manera directa y personal, los trámites protocolarios necesarios para la realización de tan magno evento.

En aquella conversación telefónica que sostuvimos creí mi triste deber comunicarle el sensible fallecimiento del Dr. Manuel Alonso Olea, connotado juslaboralista español y acaso el más brillante laboralista de la Unión Europea, quien había sido su gran amigo —y quien además fungiera como director de mi tesis doctoral en la Universidad San Pablo CEU de Madrid—, cuyo deceso debido a la penosa enfermedad del cáncer que le carcomía las entrañas, no por esperado fue menos doloroso y acaeciera el 23 de febrero de 2003. De suyo, en el preciso momento en que le comunicaba la triste noticia, los restos mortales de don Manuel Alonso Olea habían sido ya depositados en su última morada.

La noticia fue un golpe demoledor para el Dr. Rojas Lugo. Imposible olvidar que Don Osvaldino Rojas Lugo enmudeció detrás de la línea, reflexionando en el hecho y seguramente midiendo lo que habría qué decirme; con voz quebrada pronunció luego unas cuantas frases que —ahora entiendo—, fueron una especie de sentencia ominosa y premonitoria que aún retumba en mis oídos: “Dr. Ruiz Moreno: Manuel Alonso era mi gran amigo, mi hermano, un juslaboralista de primerísima línea; habrá qué hacerle un homenaje póstumo en Guadalajara, durante el Congreso, y darle el pésame a su viuda e hijos. Mire, doctor, que los juslaboralistas más connotados se nos están muriendo, y aún no hemos terminado de forjar nuevas generaciones o encontrar quiénes los sustituyan. ¡Es una lástima! De verdad la muerte del doctor Isaías León de Costa Rica, el deceso del doctor Rubén Guevara Manríque del Perú, lo que le ha ocurrido a don Manuel Alonso Olea en Madrid… todo eso es una lástima.”

Tras una breve despedida, más bien precipitada —quizá porque el nudo en la garganta no le permitía seguir hablando—, colgó el auricular. Sería ésa la última vez que escuchase a mi “padre espiritual” —como yo le llamaba, parafraseando la manera como él mismo tildaba al extinto Guillermo Cabanellas—, y sería el emotivo y desesperado mensaje final de ese hombre que, en aras de ser justos y de rendirle el tributo que se merece, transformó mi vida.

Hoy sabemos que Osvaldino Rojas Lugo padecía males cardiacos, pero que guardó el secreto para que nadie —ni siquiera su esposa doña Rita Ortiz de Rojas o sus hijas e hijos que tanto amaba— le impidieran cumplir la misión de buena voluntad que él se había impuesto; entendía que a la muerte del ilustre juslaboralista y maestro de muchas generaciones, don Guillermo Cabanellas, como el alumno distinguido que era, tenía un deber y un compromiso moral qué efectuar para cumplirle a su mentor, en mucho debido a aquella legendaria carta en donde la propia viuda del maestro Cabanellas le reconocía a él como el genuino presidente de la única Asociación Iberoamericana que su esposo —fundador y presidente de la misma hasta el día de su muerte— hubiere permitido operar.

Sabía el doctor Rojas Lugo que el precio de su tarea sería muy alto pero debería pagarlo con la dignidad con la que saldan sus deudas los hombres de bien; también sabía que tanto trajinar mermaba su salud, pero con disciplina ejemplar pretendía ganarle la batalla a su corazón y escaparse el mayor tiempo posible a la Parca. Acaso en el fondo se arriesgaba tanto porque comprendía que su presencia de ánimo dejaría, en todos quienes le tratábamos, ese impulso vital necesario en las causas sociales, y entonces, a quienes dispensaba su amistad, les predicaba más que con palabras con dignísimo ejemplo. Por eso se rodeaba de jóvenes estudiantes cuando venía a México año con año a nuestras Asambleas del Trabajo y precisamente por eso le tendía la mano a todo aquél que se le acercara. Jamás supe que rechazase o ignorase a nadie. Muchos fueron los “pines” que, con la emblemática bandera de su amado Puerto Rico —o de la ranita que lo simbolizaba—, que, profundamente orgulloso de su patria, puso en la solapa de los que con él conversaban, fueran varones o mujeres, ancianos o jóvenes, doctos maestros o simples estudiantes, políticos encumbrados o gente sencilla del pueblo.

Sí, él sabía y entendía su deber porque era un hombre sabio hasta el grado de saberse humano y por ende falible como el resto de la humanidad imperfecta.

Puedo ahora dar cabal testimonio que su figura desgarbada —esa que luchaba contra “molinos de viento” con aquella su voz vibrante que se alzaba para denunciar injusticias cuando hacía uso de la palabra y movía a la reflexión del auditorio—, sí, esa estampa del caballero de la triste figura, cual Quijote moderno, contenía a un espíritu indomable y un alma bellísima.

Así lo entendió doña Rita, su amadísima esposa, quien callada y amorosamente le sirvió como secretaria privada de la Asociación Iberoamericana de Juristas durante muchos años; así lo entendieron sus amantísimas hijas, al igual que sus hijos varones, quienes le acompañaron y auxiliaban con genuina devoción en los eventos que él organizaba; así lo entendieron sus verdaderos amigos que lo invitaban a participar en eventos jurídicos. Y así lo hicieron sus amigos leales como sus escuderos le seguían en sus recorridos continentales para brindar apoyo y cobijo a tan singular personaje.

Tal y como lo señaláramos en su conmovedor sepelio, al hacer uso de la palabra a petición de la familia y delante de muchos de sus amigos que le acompañamos a su última morada: Osvaldino Rojas Lugo no era sólo el presidente de la Asociación Iberoamericana de Juristas del Trabajo y la Seguridad Social ‘Dr. Guillermo Cabanellas’; él mismo era la Asociación entera; fue su eje y su motor, la razón de ser y de existir de dicha asociación. Porque sólo hombres como él pueden crear un sueño y darse el gusto de volverlo realidad para vivirlo.

Era tan desprendido de lo material que la mayor parte de los gastos de la Asociación eran sufragados de su bolsillo, y nos consta que su legendaria generosidad era como su espíritu: enorme, sencillamente colosal. Un ejemplo podría aquí dar fiel testimonio de su bonhomía: para corresponder mi visita a San Juan, P.R., en el mes de Octubre de 1998, a los festejos del “Centenario del Movimiento Sindical Puertorriqueño,” decidió visitar pronto la División de Estudios Jurídicos de la Universidad de Guadalajara, para hablarle a los jóvenes educandos y a los docentes sobre la necesidad de defender a toda costa los derechos de los trabajadores frente a la embestida brutal del neoliberalismo; para sorpresa mía y de los concurrentes a dicho acto —comprobando a la par que nadie suele ser profeta en su tierra— por mi obra escrita sobre el Derecho de la Seguridad Social mexicana me hizo ahí mismo, en las aula de mi Alma Mater, en donde aprendí la Ciencia jurídica, inmerecida entrega de la “Medalla Dr. Guillermo Cabanellas”, la más alta distinción que otorga dicha Asociación cuyo Consejo él presidía.

Vino don Osval a Guadalajara porque creyó un deber alentar al amigo —entonces en desgracia— y lo hizo junto con su esposa, sus dos hijas y hasta una nieta, pero nunca permitió que se le cubrieran los gastos, efectuados todos de su bolsillo. Desde luego que no era un hombre acaudalado, pero sí era inmensamente rico en afectos y en amigos, y si acaso llegó a tener algún enemigo sólo fue porque ejercía un liderazgo; un día, recorriendo “su” San Juan viejo, él mismo me aconsejó que jamás temiera a los enemigos naturales de la vida porque conociendo a los hombres y sus envidias, un líder sin enemigos no es en verdad un líder ni ejerce liderazgo alguno.

Recorrió así, de su propio peculio y como un embajador de buena voluntad, todos los países de América Latina y del Caribe —¡ah, cuánto amaba a su Caribe Latino!— llevando siempre un mensaje de concordia, una voz de aliento a los obreros y una luz de esperanza a todos los juslaboralistas del continente.

Al fallecer, el Maestro de muchas generaciones de laboralistas Osvaldino Rojas Lugo escribía una conferencia magistral que dictaría un mes después en Villahermosa, Tabasco, México, en la cual abordaba el complejo asunto del hostigamiento sexual en el trabajo; cabe añadir que dicha conferencia póstuma —por mí revisada en su texto final y respetada en su contexto—, gracias a la generosidad de su viuda fue leída por mí en el espacio que a él le hubiera correspondido en dicha Asamblea del Trabajo; fue ese el mejor homenaje que podía hacérsele como juslaboralista en dicha Asamblea nacional de Trabajo, y aunque fue un acto inolvidable por el atronador aplauso que los asistentes de dispensaron —y que seguramente pudo oír Osval donde quiera que esté— con el corazón destrozado pudimos comprobar cómo su presencia dejó en este mundo un hueco imposible de llenar.

Pero la vida sigue y no se detiene; por ello, en su honor y con renovados ánimos celebraremos el Tercer Congreso Internacional de la Asociación Iberoamericana de Juristas del Trabajo y de la Seguridad Social ‘Dr. Guillermo Cabanellas’, en la ciudad de Guadalajara, Jalisco, México, para rendirle de esta forma un justísimo homenaje al amigo, al maestro, al líder y al padre espiritual que él era para mi. Podremos entonces formalizar allí lo que el querido hermano peruano Claudio Sarmiento propuso en el sepelio: que la Asociación de Juristas a la que nos honramos en pertenecer —esa misma a la que Osvaldino Rojas Lugo dedicó sus últimos años—, en un acto de sobrada justicia lleve también su nombre, al lado y junto al de su creador original, Dr. Guillermo Cabanellas.

He pues, considerado mi deber de amistosa lealtad, dar cuenta cabal a través de estas emotivas líneas de la enorme sensación de vacío que enluta el corazón de muchos; lo hago aquí como un preludio al texto de esta obra, originalmente escrita para él, pues anteriores ediciones de éste libro habían sido dedicadas al inolvidable maestro de muchas generaciones de juslaboralistas y securalistas sociales. Desde luego no en pago de una distinción otorgada, sino por el contrario: sencillamente para merecerla.

 

Querido amigo Osvaldino:

Permíteme ahora hacer, vistas las circunstancias, algo que no me atreví a hacer en vida tuya por el enorme respeto que te profesaba y profeso: tutearte; mira que para nosotros los mexicanos el “tuteo” es un rasgo de genuina amistad concedido al verdadero confidente y amigo. Ello me serviría también para desnudar públicamente mis sentimientos.

Osvaldino, fíjate que no pude expulsar de mi mente aquel inolvidable 2 de Noviembre de 2002 —fecha en que por cierto se celebra el día de los Fieles Difuntos en México—, pues hallándonos ambos en Lima, Perú, a donde fuimos a rendirle un homenaje en vida a tu gran amigo Rubén Guevara Manríque (q.e.p.d.), en una confidencia inusitada abordaste el tema de tu muerte y me dijiste que a tus casi 70 años te sentías cansado de tanto viajar y a veces hasta desalentado por los grandes problemas que abrían brechas enormes entre los juslaboralistas latinoamericanos; velada —que no abiertamente, conste— me referiste que ya era tiempo de pensar en el relevo y de inyectarle nuevos bríos a la Asociación Iberoamericana de Juristas que presidías; me miraste fijamente sin añadir nada, como se mira a quien no debiera necesitar palabras para captar la idea.

Pues quiero que sepas ahora, amigo Osvaldino, que entendí el mensaje —el que luego me haría el favor de confirmar la señora Rita, tu viuda— pero me resistí a asumir una actitud preocupada ante ese hecho porque tu lucidez mental y fortaleza física no presagiaban un desenlace tan rápido; sin embargo, viéndote subir Macchu Picchu un par de días después, como si fueras un niño travieso y divertido por el reto que tenías enfrente, y derrochando toda esa energía física que tanto te caracterizaba en vida a pesar de tu frágil aunque enorme corazón, olvidé el comentario.

Hoy caigo en cuenta que la muerte se anuncia y que el destino es inexorable.

Mira que ahora circunstancial y transitoriamente estoy dentro de tus zapatos al frente de la Asociación que tanto amabas —al menos hasta que se celebren elecciones en la próxima Asamblea Internacional—; y no obstante el privilegio inmerecido que me ha confirmado Doña Rita, tu viuda, en una muestra invaluable de la amistad generosa de ambos, te digo en confianza que me siento francamente aterrado por la responsabilidad adquirida.

¡Mira que sólo 5 años tuve el privilegio de conocerte, de compartirte, de disfrutar de tu sapiencia y bonhomía! Y aunque fue tiempo suficiente para comprobar que no eras como el común de los mortales, sino de otra estirpe —de esos hombres que no pasan por la vida sino que se quedan para siempre—, me faltó conocer algunas de tus sabias fórmulas, como por ejemplo: la forma como tolerabas a quienes se acercaban a ti para obtener alguna ventaja o canonjía, o bien el secreto para convivir incluso con quienes te envidiaban o fingían ignorarte sin conseguirlo.

Como podrás constatar, la responsabilidad me abruma porque reconozco mis limitaciones personales, aunque empeño ahora, ante tu imborrable recuerdo, mi palabra de honor en que haré todo lo que esté a mi alcance para perpetuar tu labor y tu memoria.

Cierto es que mi vida cambió radicalmente de un día para otro a raíz de que te conocí —aquél no tan lejano 6 de abril de 1998, en las instalaciones de la Universidad Nacional Autónoma de México, donde diste la conferencia magistral inaugural sobre la huelga en Puerto Rico dentro del marco de la XXXVIII Asamblea Nacional del Trabajo—. Pero también lo es que con tu deceso me ocurre exactamente lo mismo que me pasó hace ya un lustro, pues tu partida me ha cambiado la vida. La única interrogante que no me he podido responder aún es si de verdad éste cambio será para bien, no obstante lo cual confío esperanzado en estar a la altura de las circunstancias porque tú bien sabías que, perseverante como soy, jamás me daré por vencido y menos aún lo haré anticipadamente.

A todos los tuyos les expreso, así por escrito, a la par de mi gratitud imperecedera, la promesa de que pondré mi mejor empeño por izar tu bandera y mantenerla muy en alto, porque en la encrucijada existencial en que me encuentro tu ejemplo me servirá de faro para llegar a buen puerto.

Y espero, para finalizar, que al rendirle yo tributo a la Madre Tierra nos encontremos en algún lugar más allá del Universo, pues nada me daría más gusto que abrazarte y escuchar tu voz jubilosa gritarme como lo hacía sen vida: “¡Doctor! ¡Doctor Ruiz! ¡Hola, mi hermano!”

¡Mira, Osval, que me llamabas hermano y en realidad te sentía como mi padre!

Bueno, a veces suele ser así la vida, lo que de suyo demuestra que tenías razón cuando me decías con aquella tu enorme seguridad y fe: “los caminos del Señor son inescrutables”. ¡Y en verdad que lo son!

En tanto nos volvemos a ver más allá de esta vida, concluyo este sentido réquiem surgido desde lo más profundo de mi ser, con las mejores palabras que encuentro para que sean un bálsamo espiritual común para los tuyos y los míos, y para todo aquél que tuvo la fortuna de tratarte: ¡Que la noche te sea leve, inolvidable maestro y amigo!… Y mil gracias por tu ejemplo de vida.

 

Guadalajara, Jalisco, a 1 de Mayo de 2003

 

Ángel Guillermo Ruiz Moreno

 

 

 

1 Este réquiem fue publicado a páginas XVII a XXIII de la cuarta edición actualizada del libro “Los delitos en materia del Seguro Social,” Editorial Porrúa, México, 2003.

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