realidades de la inmigracion de Dominicanos a Puerto Rico: la necesidad de políticas laborales concretas

Por Román M. Velasco González


    “Eran las cinco de la mañana, un seminarista, un obrero, con mil papeles de solvencia que no les dan pa’ ser sinceros. Eran las siete de la mañana, y uno por uno al matadero pues cada cual tiene su precio, buscando visa para un sueño. El sol quemándoles las entrañas, un formulario de consuelo, con una foto dos por cuatro que se derrite en el silencio. Eran las nueve de la mañana, Santo Domingo, 8 de enero, con la paciencia que se acaba pues ya no hay visa para un sueño.” (Extracto de la canción Visa Para Un Sueño de Juan Luis Guerra)

En visa para un sueño Juan Luis Guerra narra la historia de la emigración dominicana a Puerto Rico. En su canción, Guerra describe el deseo de muchos ciudadanos de la República Dominicana, en labrarse un mejor futuro para sí mismos y sus familiares. Como todas las emigraciones que se suceden en las distintas partes del mundo, se tejen historias conmovedoras que parecieran sacadas de un libreto de Hollywood. Hay algunas historias de éxito con finales felices y otras desgarradoras con conclusivos trágicos.

Las emigraciones de las poblaciones a través de los tiempos ocurren por una multiplicidad de motivos, sin embargo, las razones más habituales para emigrar son las motivadas por causas políticas y por aquellas de índole económico. Las circunstancias de estos flujos migratorios, los efectos que causan a los propios inmigrantes y a la población que los acogen, sus consecuencias en el diario vivir y las políticas que se necesitan implantar para una integración adecuada, son los que he plantear para la necesaria reflexión que este tema requiere.

Como preludio al tema quisiera narrarles la historia verídica de una emigrante dominicana llamada Pascuala. Esta mujer –como tantas otras—decidió salir de su Patria en busca de un mejor futuro. La decisión estaba tomada, viajaría a Puerto Rico ilegalmente, para lo cual arriesgaría su vida cruzando el Canal de La Mona. Su destino final sería la ciudad de los rascacielos, Nueva York, en los Estados Unidos.

Resulta necesario explicar, que el canal de la Mona, es un conducto de las Antillas que separa a la República Dominicana de Puerto Rico y une el mar Caribe con el océano Atlántico. El canal tiene una longitud de alrededor de 80 millas ó 128 kilómetros entre las dos islas, casi en el medio del canal se sitúa la isla de Mona, que es territorio puertorriqueño.

El canal de La Mona une dos grandes cuerpos de agua: el mar Caribe y el océano Atlántico. Esta unión provoca poderosas corrientes marinas contrarias del océano al norte y del mar al sur. Los estimados realizados por expertos indican que las olas en el canal de La Mona promedian una altura de  12 pies ó 3.7 metros durante todo el año. En sus aguas infectadas de tiburones, se lanzan miles de dominicanos que intentarán luego llegar a los Estados Unidos –se estima que solo en la ciudad de Nueva York viven cerca de un millón de dominicanos—como destino final.

“Pascuala partió en una pequeña embarcación llamada yola, como se han ido cientos de miles y como en la actualidad se marcha un sinnúmero de dominicanas y dominicanos por semana. La diáspora se efectúa en viajes ilegales, pero todos los lugareños de Nagua y Miche saben dónde se encuentran los improvisados embarcaderos y conocen la hora en que se zarpa para Puerto Rico. Yolas que llevan racimos de gente, de todos los estratos y rincones del país. Campesinos sin tierra, citadinos sin empleo, reman con sus ilusiones en el Canal de la Mona que es un mar de desesperación y locura. También se lanzan a ese infierno mujeres y hombres que nunca conocieron una escuela, junto a profesores, médicos y abogados. Y parten músicos, bailarinas y beisbolistas… las pequeñas yolas son el Arca de Noé dominicana.

Por precios que van desde $700 a $6,000 dólares, el dominicano que pretenda en la actualidad llegar a Puerto Rico por el Canal de La Mona puede elegir entre una variedad de servicios: ser arrojado por la noche en la costa puertorriqueña; ser recibido en una casa segura en San Juan (generalmente en el barrio de Santurce); proveerlo además de un pasaporte falso y un pasaje de avión para Nueva York y acompañarlo hasta el aeropuerto internacional Luis Muñoz Marín de Carolina, para protegerlo de los agentes de inmigración, etc. En Puerto Rico, a los dominicanos que llegan por el Canal de La Mona se les llama “mojaditos” y resulta muy fácil identificarlos. Los dueños de las yolas tienen miedo de llegar a la orilla con sus embarcaciones, pues temen que la policía se las decomise, y por lo tanto siempre hay que nadar. Los “mojaditos” llegan hasta con el alma mojada. Horas interminables salpicados por el mar, empapados por la lluvia, o nadando tratando de ganar la playa. Muchas veces llegan mojaditos de tanto llorar. Llegan con los ojos cegados por la tortura de ver la muerte tan próxima. Llegan con los oídos sordos de la gritería infernal, del zumbido de los motores, del mar que golpea los maderos, del mar que golpea al mar. Llegan con el cuerpo como un nudo. Con las manos llagadas de aferrar la vida a la borda. Llegan con el corazón paralizado luego de brincar sobre olas de infinita caída; con el pelo erizado como una llama de piedra. Llegan los que tienen suerte, los que el Canal quiere.

– En 1993 -dice Pascuala- partí de nuevo desde Nagua. Fue de madrugada y nos perdimos. A la yola se le malogró la brújula y demoramos tres días. Salimos 78 personas y llegamos unas 50. Los otros murieron. La primera noche de la travesía, en medio de una oscuridad espantosa, un barco casi nos pasa por arriba. Las yolas van desprovistas de luz para no ser detectadas por los guardacostas.

Viajé con una bolsa de plástico donde tenía la ropa, mis papeles y una Biblia que al segundo día cayó al agua. Fueron tres días con sus noches aterradoras, viendo agua y mar, agua y mar y eso enloquece a cualquiera. El Canal de la Mona es lo último, no hay nada peor. Imagínate estar en la punta de una ola, mal agarrada y caer dos y tres metros, para volver a subir y así horas enteras. La gente vuela despedida, algunos se ahogan o se lo comen los tiburones.

La Isla de la Española está separada de Puerto Rico por 75 millas de mar abierto, que conforman el Canal de la Mona. Zona de tempestades tan fulminantes como imprevisibles, de alto oleaje, un criadero de tiburones. Esto ilustra la peligrosidad del cruce, y también permite hacerse una idea de la desesperante situación en la que viven siete de cada diez dominicanos, tan insostenibles que llegan a ver su salvación en una yola.

Dice Pascuala: – un señor que había hipotecado su casa para hacer el viaje, porque su hija lo esperaba en Nueva York, se puso loco por el ruido del mar. El venía gritando que se parara para comprar cerveza y cigarrillos. Y dale con gritar y gritar, y el capitán dijo: “Ese viejo jode mucho”… y diablo, lo tiraron al agua. En la yola no hay amigos, ni solidaridad.

La travesía desespera y enloquece a cualquiera. Peleando a la muerte en cada ola, haciendo las necesidades ahí mismo, luchando contra el cansancio. En esa cáscara de nuez no hay tiempo para pensar en los demás, en la familia que quedó atrás o en la que espera. Se piensa en uno mismo, en su propia vida, en su propia salvación. Lo colectivo es el pánico, el llanto y la saloma implorando a la Virgen de la Altagracia. Pero como sabemos la salvación es estrictamente individual. Por ello, una norma tácita es no viajar con familiares o amigos. Es mejor no conocer a nadie y no saber nada de quienes viajan con uno. – Luego de nadar tres horas llegué a tierra y corrí como una loca toda la noche, hasta llegar a una casa donde me desmayé.”1

La historia de Pascuala ejemplifica el riesgo de tantos miles de personas en el mundo entero están dispuestos a asumir en pos de un mejor futuro. Todos los países reciben inmigrantes en sus territorios pero la gran mayoría de las emigraciones ocurren de nacionales de los países en desarrollo a países desarrollados. Lo que hace atractivo a Puerto Rico para muchos inmigrantes extranjeros, pero particularmente a los dominicanos, es el hecho de que Puerto Rico es un territorio no incorporado de los Estados Unidos. Una vez en territorio puertorriqueño cualquier residente del país puede viajar libremente a cualquier parte de los Estados Unidos.

Estudiosos del tema de la migración en Puerto Rico han destacado que la inmigración a nuestro País cobró auge a partir de mediados del siglo XX pero ya se había practicado desde finales del siglo XIX. Lo cierto es que a partir de los años sesenta del siglo XX que comienza Puerto Rico a experimentar la llegada de una considerable masa de inmigrantes cubanos, mayormente debido al exilio cubano de esa década y de la próxima. Esa inmigración, aunque notable, no se estima que haya superado la cifra de 50,000 personas. De hecho, según datos del Censo de Población y Viviendas de 19702, esa población se tasó en alrededor de 35,000. Ya desde esa época había oficialmente en Puerto Rico sobre 10,000 dominicanos constituyendo la segunda fuerza extranjera. Los motivos para la migración de los cubanos y los dominicanos contrastan marcadamente; por un lado, la inmigración de los cubanos respondió a motivaciones y circunstancias políticas, mientras que la inmigración de los dominicanos se debió mayormente al deseo de éstos de procurarse mejores oportunidades de trabajo frente a la falta de empleo y a los problemas económicos que por tiempo había experimentado la República Dominicana.

Para mediados de los años ochenta, ya la comunidad dominicana en Puerto Rico superó  a la comunidad cubana en términos numéricos y desde ese momento se convirtió en la población extranjera más importante de Puerto Rico. Cabe destacar que el aumento de esta población ha sido extraordinario; para la década de 1970 totalizaban un 20.7% de todos los extranjeros en el país; para los años de 1980 eran 29.3%; en la década de 1990 contabilizaban el 41% y para el 2000 componían el 56.2% de todos los extranjeros. El crecimiento de los dominicanos entre décadas es igual de impresionante del 1970 al 1980 se registró una ampliación de 8.6%; de 1980 al 1990 el aumento fue de 11.7 %; y de 1990 al 2000 se produjo un acrecentamiento de 15.2%. Los datos del Censo del año 2000, reflejaron que los dominicanos componen casi el sesenta por ciento (60%) del total de extranjeros –109,309– que viven en Puerto Rico. Ese total describe los datos oficiales; pero se especula que hay por lo menos una vez y media de extranjeros inmigrantes no contabilizados, y que en su mayoría podrían ser dominicanos.3

Debemos explicar que el flujo migratorio entre la República Dominicana y Puerto Rico data de siglos, teniendo un impacto económico, político y cultural tanto en el país emisor como en el receptor. Sin embargo, es de particular significado el resaltar que durante las últimas tres décadas el flujo migratorio entre estas dos islas ha sido predominantemente desde Quisqueya hasta Borinquén. Aun cuando la grave crisis económica por la que atravesó la República Dominicana en las tres últimas décadas ha mermado, no deja de provocar migración hacia Puerto Rico. Lo que es revelador apreciar es que dicha migración ha pasado a ser una de carácter principalmente indocumentado y laboral, en sus aspectos más significativos.

A través de su historia la República Dominicana ha sido testigo de flujos migratorios primordialmente determinados por eventos nacionales y matizados por la política migratoria establecida por los Estados Unidos. A partir de la muerte de Rafael Leonidas Trujillo en el año 1961 y luego de que se levantaran las estrictas restricciones a la emigración que había impuesto, la emigración internacional dominicana aumentó marcadamente. No obstante, el estado de la economía dominicana ha sido el factor determinante en la propulsión de un movimiento migratorio indocumentado masivo hacia Puerto Rico y algunas ciudades de los Estados Unidos.

En la década del 1960, la República Dominicana comenzó a experimentar el desarrollo de una corriente emigratoria masiva y de carácter laboral, distinto a la tradicional emigración selectiva y a veces causada por razones políticas. Las evoluciones organizadas de la sociedad dominicana, a través de los procesos de industrialización sustitutiva a la agricultura y urbanización, contribuyeron a desencadenar corrientes migratorias internas de gran importancia desde el sector rural hacia las urbes. Esto forjó un exorbitante traslado de la fuerza laboral al medio urbano, lo que a su vez provocó el incremento de la emigración hacia Puerto Rico primero y a los Estados Unidos luego.

En los años setenta hubo una marcada inflación que empeoró la crisis económica que vivía el país. Las políticas aplicadas para el ajuste provocado por la inflación produjeron una merma en los ingresos reales de la población dominicana, que desembocaron en la salida masiva de nacionales, hacia otras partes del mundo con la intención de huirle a la pobreza de su país.

Además, las proyecciones de empleo en la Isla para el año 2000, preparadas por el Departamento del Trabajo y Recursos Humanos de Puerto Rico, anticipaban una pérdida de miles de empleos en el sector agrícola, donde se han estado insertando un gran número de indocumentados dominicanos.4

Algunos estudiosos se han expresado convencidos de que la raíz del problema de la inmigración dominicana hacia Puerto Rico radica principalmente en las circunstancias socio-económicas prevalecientes, tanto de la República Dominicana como de la puertorriqueña. Por años se creó la imagen de un Puerto Rico desarrollado y con grandes oportunidades de empleo para todos. Esta imagen es solo una distorsión de realidad actual. De hecho, la economía puertorriqueña se encuentra en el peor momento desde 1950, enfrentando una crisis fiscal que ha lanzado miles de trabajadores del sector privado a la calle por los últimos diez años. Si a esto, le añadimos la implantación de políticas gubernamentales neoliberales de un gobierno de extrema derecha, que receta régimen sólo a los trabajadores asalariados, las clases pobres, los desventajados, los grupos marginados, los envejecientes, las mujeres jefas de familia, entenderían que la situación de Puerto Rico está lejos del proyectado perfil de isla paradisiaca perfecta.

Ante la complejidad del escenario, sugiero que se emitan políticas públicas en ambos países para atajar los efectos que producen la inmigración en mi país: Puerto Rico. La República Dominicana pudiera aprobar medidas para mejorar la situación económica de miles de trabajadores agrícolas que cada año se desplazan a las ciudades y que muchos luego se deciden por la emigración. Por ejemplo:

  1. Aprobar subsidios agrícolas para retener a trabajadores de este sector; particularmente en la ganadería, la caña, el tabaco y el café.
  1. Proveerles asistencia técnica y sobre métodos de cultivo eficiente –a pequeños y medianos agricultores– para acrecentar sus cosechas y por ende sus ganancias.
  1. Creación de más y mejores oportunidades de puestos de trabajo.
  1. La aprobación de una reforma agraria que incorpore a la producción a un porcentaje mayor de aquellos campesinos que no tienen tierra.
  1. Se sugiere la educación de la población campesina para la formación de cooperativas agrícolas que respondan a sus necesidades particulares.
  1. Proveer mejores accesos viales que conecten los campos con las ciudades, particularmente, con Santo Domingo.
  1. Aprobar un programa permanente de mejoras a los servicios de alcantarillados, agua potable, y electricidad en toda la extensión territorial.

En el caso de Puerto Rico sugiero que se evalúe establecer como políticas públicas las siguientes:

  1. La aprobación de legislación que le requiera y le autorice al Departamento del Trabajo y Recursos Humanos, velar porque se cumplan las garantías y condiciones mínimas de protección, seguridad, salud ocupacional, salarios y otras condiciones de empleo, en aquellos casos en que se proporciona habitación a trabajadores migrantes en actividades agrícolas temporales o estacionales, particularmente en el centro del país.
  1. Establecimiento de un línea telefónica especial diseñada a esos efectos, con funcionamiento las veinticuatro horas al día, los siete días de la semana para evitar cualquier tipo de abuso y el maltrato en el marco de las condiciones legales laborales y particularmente a las condiciones de trabajo, de alojamiento y de las condiciones de vida de los trabajadores migrantes.
  1. Procurar el establecimiento de programas educativos, con amplia difusión pública, que sirvan de orientación a todas las personas con independencia de su procedencia o extracción; sean éstos nacionales, extranjeros o migrantes sobre la supremacía de la dignidad del ser humano garantizado en la Constitución del Estado Libre Asociado de Puerto Rico.
  1. Procurar y velar porque se cumplan todas las condiciones laborales para que sean equitativas, dignas, y justas para todos los trabajadores en el país.
  1. Supervisar a las empresas que emplean trabajadores migrantes, para asegurarse que se respetan los derechos laborales derivados de la relación contractual con los trabajadores, sin discriminación de clase alguna.
  1. Establecer –con el auspicio del Departamento de Estado de los Estados Unidos—acuerdos que faciliten y contribuyan al establecimiento de algún tipo de dispositivo para una migración legal segura. Estos acuerdos pueden ayudar a frenar los flujos migratorios tan peligrosos que se suceden entre la Republica Dominicana y Puerto Rico. Además, pueden atender de forma organizada la demanda de trabajo en áreas de necesidad y evitar la pérdida de tantos seres humanos que arriesgan sus vidas procurando un mejor futuro.

Señores, señoras: quienes por alguna razón se ven precisados en abandonar su país de origen para trabajar, no pierden los derechos que el gobierno les reconoce a todas las personas en atención a sus circunstancias. Los inmigrantes que viven ilegalmente en otra nación constituyen un grupo que por su propia naturaleza se convierten en un grupo esencialmente vulnerable y que se expone a la explotación laboral y a la violación de sus derechos humanos. Precisamente por eso debe protegérseles con privativo cuidado.

Debemos recordar que la emigración a otro país por causa de la pobreza no debe ser calificada como un delito, sino como la cruel realidad de nuestros tiempos, ante la disparidad existente entre los países ricos y los pobres, y en todo caso, las personas en esas ocurrencias deben recibir un trato humano y digno. Así mismo, debemos reconocer los orígenes del problema y hacer lo posible por desterrar aquello que lo ocasiona: la guerra, los conflictos civiles y políticos, la falta de trabajo, la iniquidad y explotación económica, el trabajo infantil, la inseguridad o la persecución derivadas de la discriminación por motivos de raza, origen étnico, color, extracción social, religión, idioma u opiniones políticas, factores que contribuyen predominantemente al flujo migratorio de trabajadores.

Todos soñamos con una Patria de gente laboriosa, honrada, sana, creadora y genuinamente feliz; en un ambiente salubre y cálido; en una tierra fértil y habitable; que conviva en una cultura de tolerancia, paz y trabajo para todos sus ciudadanos. No podemos regresar al siglo XIX ó al XX, excepto para repasar nuestra historia, estremecernos ante prácticas o actitudes inhumanas –algunas bendecidas por la legalidad–, seguir luchando contra las que persisten solapadamente o a viva voz (como el discrimen contra la mujer o contra los dominicanos), e imaginar un futuro de bienestar y justicia.

Quienes trabajan con dignidad, orgullo y lealtad –no importa su procedencia— en la casa, el taller, la oficina, el salón de clases, el laboratorio, los aires o la mar, hacen, construyen, fabrican, obran, crean. Quienes trabajan, generan vida buena para todos. Quienes trabajan, contribuyen a la creación y, en esa medida, son el brazo de Dios.

Nos corresponde a nosotros diseñar un futuro de acceso para todos y todas, sin importar el origen, la raíz, la procedencia. Nos corresponde a nosotros darle la bienvenida a Pascuala y entender que la migración siempre es ir o venir y que a veces somos nosotros; otras veces otros, pero siempre es lo mismo; porque todos somos iguales. Por lo tanto, nos corresponde a nosotros; subir el escalón de las virtudes humanas, hacer realidad los sueños de los que llegan para convertirnos en su lugar de acogida, refugio, reserva, fortaleza, descanso, faro, hogar; porque como nos dice el cantautor:

“..Con la paciencia que se acaba pues ya no hay visa para un sueño.”

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